Sexto datado: Los asesinos de dragones // Tercera Parte: Batalla contra los asesinos de dragones

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Airine estaba furiosa y decepcionada, hasta hacía un tiempo hubo tomado a Plabios como un auténtico padre, como un gran líder y hombre. Pero todo debía ser producto de sus expectativas, porque el hombre al que ella conocía nunca habría hecho tanto daño por un simple objeto.

- Tú… Lo tenías todo planeado desde un principio.- Decía la ex-Asesina de dragones mientras se levantaba como podía, después de tantas heridas acumuladas en su combate anterior. – ¿Cómo sabías que Romneo y yo lucharíamos?

- Es simple.- Empezó esbozando una sonrisa.- ¿Sabes? es muy fácil manipular el cerebro humano, es terriblemente fácil. Él es Romneo Seifka, conocido entre los suyos como el dragón incansable, porque en su expediente consta que en toda su vida ha dormido dos veces así que resulta evidente que aquí tampoco iba a dormir. Me di cuenta de que estaba escuchando y procuré no desvelar ninguna información importante de modo que lo importante de nuestra conversación estuviera en el lenguaje no verbal. Si escuchas una conversación sin los gestos ni los movimientos no puedes saber todo el contenido de la misma. En nuestro caso, debido a que me hablas de usted, parecía que estabas hablando de ellos así que se vio distorsionado el significado. Si una persona no duerme tiende a desarrollar paranoias con facilidad. Fue muy sencillo.- Comentaba entre carcajadas.- Pero eso ya no importa, lo único importante es que os mataré a todos y me apoderaré de los dos fragmentos de materia blanca. Aunque aún estoy dudando si quedarme con Romneo para que sirva a mis fines, creo que Seifra y Kasien no me fallarán.

- ¡Estás loco!- Decía Romneo golpeando levemente la barrera como podía, aunque cada vez su movilidad era más reducida.

- ¿Qué?- Preguntaba el líder mientras sacaba su magnífica lanza azul y apuntaba al indefenso dragón con ella. - Creo que empiezo a hartarme de todo esto. ¡Por Hades! Me habéis llamado loco dos veces en un par de minutos. Romneo, tienes un destino importante por cumplir, te lo aseguro. Yo podría ayudarte a hacerlo, serás alguien grande, un héroe que salvara cientos de vidas a mi lado. Qué decides, ¿morir, o unirte a mí?

El chico miró al hombre que le tenía apresado mientras apretaba los puños hasta que las heridas de sus brazos volvieron a sangrar.

- Me das a elegir entre morir o ver cómo mis amigos mueren. ¿Pretendes que mire cómo haces que sufran sin poder hacer nada y luego te ayude a ti? A su asesino.- Decía Romneo mirando al suelo con una sonrisa audaz y la mirada perdida.

- Sí. – Decía el líder de forma aparentemente agradable extendiendo su mano aunque sabía que el mago no podría tocarle. Lo había afirmado con total naturalidad, como si fuera completamente incapaz de asimilar las barbaridades que estaba cometiendo en ese momento.

- Entiendo.- Romneo levantó la cabeza expresando una gran ira en su mirada y absoluto desprecio hacia la persona que tenía delante.- ¡Trágate tu falsa piedad y deshazla con tu lengua viperina, vil víbora! ¡Tú no eres más que una serpiente inmunda, un psicópata, un loco! ¡No puedo ver cómo matas a mis seres queridos y quedarme quieto, y mucho menos unirme a ti! ¡Te juro, que si muere uno sólo de ellos perseguiré y mataré a todos y cada uno de tus siervos!- Su voz expresaba su profundo odio y su desesperación mientras golpeaba sin parar la barrera invisible intentando quebrarla inútilmente.- ¡Después me encargare de ti personalmente!

La expresión amable de Plabios se tornó seria y sombría mientras bajaba lentamente la mano que había extendido hacia su prisionero. Después se alejó un par de pasos de él mientras, todos los demás incluida Airine, llegaban hasta el lugar donde estaba apresado.

- Ya es la tercera vez que me llamáis loco. Bien, si esa es tu respuesta, que empiece la matanza, pero creo que tú no vas a luchar y algunos de tus amigos…- Decía el líder observando como el grupo se acercaba a Airine y Romneo con una expresión de odio manteniendo una posición defensiva.-…tampoco.

- ¿Qué quiere decir este loco?- Dijo Luitán cuando ya estaba al lado del inmóvil dragón. El asesino de dragones le miró con los ojos completamente desorbitados al escuchar la pregunta.

- Digo que no podréis luchar algunos de vosotros, porque vais a estar tan paralizados como él.- El líder volvió a chasquear los dedos y el suelo se fue abriendo lentamente por la zona donde se encontraba el dragón rojo.- Escapad de ahí como podáis.

- Maldición yo no puedo moverme, huid vosotros.- Decía el mago inmóvil viendo que el suelo desaparecía bajo sus pies y que caería en unos segundos en un foso.

- Lo siento Romneo, volveremos para sacarte.- Gritaba Airine mientras daba un salto inmenso y caía frente su ex-líder. Aún estaba muy dolorida, pero ahora tenía una razón que la había hecho recobrar las energías, al menos temporalmente.- Morirás.

- Inténtalo, estás agotada por tu anterior combate en el que casi mueres, por si no lo recuerdas. Es un milagro que hayas podido ponerte en pie.- Decía el líder a la vez que estiraba lentamente el brazo en el que portaba la lanza. La chica lo esquivó con gran facilidad pero estaba claro que cualquiera lo habría hecho.

El combate había dado comienzo, pero Plabios ni siquiera agarraba la lanza con las dos manos, estaba claro que estaba dando algo de ventaja a la chica, o quizá simplemente se quería divertir un rato. Movía la lanza torpemente y de manera completamente aleatoria mientras era esquivado y bloqueado, sin embargo cuando ella le lanzaba un ataque manifestaba su agilidad esquivándolos con gran facilidad.

Antes de que eso ocurriera, después de que la chica saltara, Romneo caía por el foso que se estaba abriendo cada vez más a sus pies en unos segundos. En el último momento la barrera que le rodeaba se desvaneció para que pudiera caer por el agujero.

- No, Romneo.- Vonner saltó y en el aire lanzó una flecha con una cuerda que se clavó en las gradas.

- ¿Qué piensa hacer princesa?- Preguntaba Deine mientras corría para no caer en el foso. Por suerte era el que más lejos estaba del mago y pudo correr lo bastante lejos.

- ¿No iras a…?- Preguntaba Clouguel a la vez que clavaba su zamba en una pared y se colocaba de pie en el filo para no caer.

- Lo siento, pero ya está hecho.- Decía Vonner mientras caía agarrada a la cuerda. Antes de que las paredes del hoyo le cubrieran la vista, se sintió aliviada viendo a Luitán y a Areis dando volteretas en el aire evitando caer por el enorme agujero.

Todos se habían salvado de caer.

- Ten cuidado Vonner.- Gritaba Luitán mientras se agarraba a una pared.

La princesa cayó al foso aferrando con todas sus fuerzas la cuerda, pero por desgracia la altura del foso era mayor de la que había esperado y soltó el cabo a medio camino del suelo. Estaban metidos sin ninguna salida aparente.

El hoyo era bastante ancho, aunque después de que habían caído en él había disminuido sus dimensiones mágicamente, y estaba lleno de barro así que la caída no fue tan dolorosa como esperaban. La cuerda se encontraba a unos cuantos metros de distancia respecto a Vonner y Romneo. El dragón retorciéndose porque los dolores habían vuelto a surgir. La chica se acercó a él ayudándole a ponerse de pie y curándole un poco.

- Romneo… Al menos aún estamos vivos, conseguiremos salir de aquí… Ya lo veras.- Dijo Vonner intentando dar esperanzas a su compañero, y a sí misma.

- Vonner, no deberías estar aquí- Decía Romneo entre quejidos.

Mientras tanto, los demás ya se encontraban preparados para el combate contra los asesinos que se lanzaban contra ellos dispuestos a todo. Airine se enfrentaba a Plabios, aunque sus posibilidades parecían nulas debido al poder que poseía él y lo debilitada que ella estaba. El ejército de asesinos se disponía a aplastar a sus oponentes, a los que masacraban numéricamente. Al principio no les resultaba muy difícil quitárselos de encima, los primeros en atacar eran los de menor rango, no eran capaces de soportar un golpe potente de la zamba del mercenario o de esquivar los agiles movimientos de Luitán. Pero, poco a poco iban atacando los de mayor nivel, los que eran capaces de soportar los puños de Areis sin doblarse o de atravesar la defensa de Deine. Cada uno tuvo que duplicar o triplicar sus esfuerzos, utilizando todos los recursos de los que disponían. Clouguel y Luitán ansiaban rebasar el límite para sacarles de esa, pero no tenían ni idea de cómo lo habían hecho la primera vez. El mercenario agotaba su energía utilizando la vigilia con todos los enemigos que podía para poder ver más claridad sus movimientos, pero aún así era inútil esquivarlos a todos y mucho más atacarles. El necromeriano estaba junto a la doncella, intentando que combinar la agilidad de ambos para conseguir una defensa y una ofensiva más efectiva. Pero la diferencia era abrumadora, cada uno tenía encima a diez asesinos como mínimo, Deine decidió utilizar sus fuerzas sobretodo en la defensa, que era su punto fuerte.

Entonces el cielo se puso negro.

Un grupo de asesinos de dragones cubrían el sol en lo alto antes de caer con todas sus fuerzas sobre los enemigos. Los que estaban en el suelo se apartaron de los portadores de la materia para asegurarse de no salir heridos, aunque alguno no corrió esa suerte. Fue una lluvia de acero, completamente descontrolada, más de veinte asesinos se habían dejado caer. Los que salieron mejor parados fueron el general, que gracias a su armadura y a algunos movimientos sólo tenía algunas heridas poco profundas, y Clouguel que había colocado la zamba para cubrir su cuerpo y sólo tenía algunos rasguños. Sin embargo Areis y Luitán sólo pudieron esquivar con su agilidad, no tenían ninguna protección. Aunque no recibieron heridas en zonas vitales, la chica acabó con el muslo derecho atravesado y muchos cortes profundos en todo el cuerpo, el ladrón estaba destrozado, lleno de cortes y con ambos hombros atravesados mientras chillaba de dolor.

Sin dudarlo un instante, el mercenario cortó por la mitad a todos los asesinos de dragones que ahora estaban indefensos tras la caída y sin pensarlo acudió rápidamente a ayudar a Luitán. Lo mismo hizo Deine con la doncella. Les quitaron las lanzas de las zonas atravesadas y taponaron las heridas con inmediatez, antes de que se les volvieran a abalanzar, pero ahora la desesperación era aún mayor.

De pronto, de entre los enemigos, comenzó a salir humo y una explosión hizo que los asesinos se desorganizaran y mirasen hacia el centro de la explosión donde había aparecido alguien misterioso sin que nadie supiera de dónde, esa persona comenzó a matar asesinos de dragones sin piedad. La sangre salía por todos lados y no parecía que infligieran ningún daño al desconocido agresor. De pronto el guerrero saltó mostrándose, era un hombre cubierto de vendas, con el pelo larguísimo, armado con una zamba que desprendía una extraña luz por el centro.

¡Era Neimles!

Y el arma que portaba, por increíble que pareciese, era la zamba que destrozó a Clouguel en el torneo.

Sexto datado: Los asesinos de dragones // Segunda Parte: Locura (2)

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La agonía que había llenado el ambiente era demasiado grande. La ansiedad les llenaba y la presión era absoluta. Parecía como si el mundo entero hubiera decidido dejar un silencio sepulcral por el muchacho caído, incluso el llano que acababa de iniciarse parecía estar completamente ahogado. Nadie se atrevía a mirar al caído, era demasiado duro, el único capaz de alzar la mirada fue el ladrón. Pasaron unos segundos, aunque aparentemente había sido una eternidad, antes de que él alzara su azulado índice hacia la plataforma.

- Por todos los dioses, esto es imposible, mirad eso.- Decía Luitán alucinando. No sabía si alegrarse o asustarse.

Todos dirigieron sus miradas hacia el “cadáver” del mago en cuanto escucharon a su compañero. Casi caen para atrás del susto al ver que, aquel al que creían muerto, se estaba levantando como si no hubiera ocurrido nada, como si le hubieran pegado un puñetazo en el pecho, en vez de haberle atravesado de lado a lado. Miró hacia Airine con desprecio mientras se pasaba la mano por la herida. Al deslizarla se limpió la sangre, que se había vuelto negra por alguna razón, y bajo ella no había nada.

La herida se había curado sin dejar siquiera una pequeña marca, sólo quedaba de ella el agujero en la ropa y la armadura del mago.

La asesina de dragones dio un par de pasos hacia atrás, en parte estaba aliviada por saber que no había matado a un amigo, pero también estaba aterrada. Nadie normal habría sobrevivido a un golpe como ese, su corazón debería haber quedado hecho pedazos. “¿Qué demonios eres?” era la pregunta que se pasaba una y otra vez por la cabeza de la chica.

- No… es posible- Decía Airine aterrorizada.

- Vete a decirle a tu líder que ya me has matado, traidora.- La piel del dragón rojo se estaba volviendo muy pálida a medida que hablaba y se ponía de pie, de un tono gris, y su pelo se elevaba completamente ingrávido, colocándoos de punta para atrás y con un color más oscuro que la noche.

El iris de sus ojos se volvió de un rojo intenso, pero no el mismo que su materia, sino uno más oscuro, un rojo sangre. Parecía que su materia se hubiera llenado de oscuridad, como si el dolor que sintió al pensar en la traición hubiera llenado su magia con sus malos pensamientos. De pronto, todos los elementos que controlaba le rodearon formando un cinturón que iba en diagonal desde el hombro hasta la rodilla. No paraban de girar en torno al que los había convocado. Nunca habían visto a un hechicero manejar tantos elementos a la vez, era muy difícil controlar tanto poder sin que se desequilibraran.

Pero algo extraño comenzó a suceder, el cuerpo del mago comenzó a temblar ligeramente. Romneo se agarró la cabeza y los pequeños temblores de su cuerpo comenzaron a hacerse más intensos, desencadenando en convulsiones. Empezó a tambalearse, moviéndose sin rumbo mientras gritaba de dolor y desesperación. Cayó de rodillas en el suelo, golpeando la cabeza contra él una y otra vez. Todos le miraban sin comprender nada, y de pronto levantó la cabeza soltando un grito ensordecedor, capaz de aturdir levemente a sus compañeros, a la vez su musculatura aumentó enormemente rompiendo su armadura, mostrando de esta manera a su dragón ahora de un granate ardiente. Los ojos se le abrieron más que nunca, mostrando una expresión de locura que jamás habían visto, y se le rodearon de venas remarcadas. El blanco de sus ojos se le puso de un tono negro, del mismo color que su pelo, y el símbolo en su pecho se extendió por todo su cuerpo, dejándole algunos trozos grises y otros rojos, pero siendo imposible diferenciar la figura del dragón.

Una vez hubo terminado la transformación, cesó el grito y volvió a ponerse de pie con calma.

- Me parece que sólo has matado mis remordimientos. Lo único que me impedía matarte. Enhorabuena.- Dijo enloquecido Romneo con una macabra sonrisa en los labios.

El dragón rojo se inclinó nuevamente, colocó su mano en el suelo y, sin necesidad de decir nada, causó un terremoto terrible, mucho más de lo normal, haciendo volar por los aires a Airine. La plataforma soportó el temblor gracias a su material mágico, sino habría quedado hecha pedazos. Mientras la chica estaba en el aire, él lanzó sus conjuros más poderosos de rayo, fuego, hielo y agua apuntando directamente en la lanza. El arma absorbió toda la energía volviéndose incontrolable para su portadora y haciendo que fuera impulsada aún más lejos, logrando que se quedara al borde de la plataforma a punto de caer de una altura considerable.

La chica se veía completamente arrinconada, aún no era capaz de manejar su lanza y sus brazos estaban paralizados por la presión. Mientras tanto el mago se acercaba lentamente a ella, condensando el espacio a su alrededor, ejerciendo una presión difícil de soportar en su rival y destrozando el suelo donde pisaba.

- ¡Romneo detente!- Gritó Vonner intentando detener al mago. No había perdido la esperanza en que las voces le hicieran reaccionar como cuando durmió.

- Os he dicho… ¡Qué no interfiráis en el combate!- Gritó Romneo lanzando un rayo directamente a las gradas donde se encontraban todos sin siquiera mirar. Gracias a que el rayo iba descontrolado pudieron esquivarlo, pero la potencia de ese conjuro había dejado todas las gradas en ruinas.- Antes luchaba por venganza y por protegernos a todos de esta traidora. Pero ese era el otro Romneo, antes de “morir”. Ahora lo hago por diversión y no me importa mataros a todos si os interponéis en mi entretenimiento.

- ¿Pero... qué le pasa? No será eso… ¿Ha rebasado el límite de los mortales?- Decía Vonner inquieta llevándose la mano a la boca. No se lo había planteado, pero si la energía que obtenía una persona cuando rebasaba ese límite se ponía en su contra, era algo con lo que no tenían posibilidades de luchar.

- No, es muy distinto- Informaba Clouguel analizando a Romneo desde esa perspectiva.

- ¿A qué te refieres?- Preguntó Areis que no entendía al mercenario, para ella era exactamente igual.

- Tiene razón- Confirmo Luitán- Eso no es rebasar el límite.

- ¿Cómo pueden ustedes estar tan seguros? Acaso no ha aumentado su fuerza y sus habilidades. Fijaos, normalmente no tiene esa musculatura tan desarrollado. Tampoco posee ese aura ni esa magia.- Decía desconfiado el general.

- Sabemos de lo que hablamos ya que hemos sentido ese poder en nuestras propias carnes.- Aseguró Luitán mirando muy serio al general. Este se silenció de inmediato, porque nunca había visto al ladrón tan seguro de algo así.

- Verás, soldadito de plomo, cuando rebasas el limite pasan muchas cosas. Vale que aumente tu fuerza como le ha pasado a Romneo, pero controlas todas tus habilidades más que nunca y tu cuerpo también. Sientes que lo puedes hacer todo, nada te limita tu potencial y puedes pensar en un segundo mil cosas que puedes hacer. Tú controlas todo tu cuerpo, tu cerebro, tus músculos, tu magia, tus habilidades. Todo, mejor que nunca.- Explicaba el mercenario sin dudar un segundo de sus afirmaciones e intentando que todos entendieran tan bien como él lo que pretendía decir.- Romneo no se controla a sí mismo, algo superior a él lo hace desde el subconsciente controlando su voluntad y sus movimientos. Es todo lo opuesto. No tiene la calma que se siente en ese estado, su estado es superior a él.

- Entonces. ¿Qué le pasa?- Preguntaba preocupada Vonner.

- Es lo que le pasa cuando duerme, cuando su cerebro hace un millón de cosas que no controla, tiene completamente anuladas sus defensas y hace que eso que tiene en el inconsciente le posea, ahora está consciente, pero su ira, junto con su “muerte”… se le han anulado las defensas y esa cosa a poseído consciencia. No se ha descubierto en ninguno de los pocos casos que ha habido de que se trata… Si es lo que yo creo que es generalmente lo llaman… Locura.- Explicó el mercenario que ya le habían hablado mucho de ese tema hacia un tiempo ya.

- ¿Locura? Escuché algo de eso, pero creo que sólo ha habido tres o cuatro casos en toda la historia, pero la mayoría fueron causadas por un conjuro que casi nadie controla y que es terriblemente poderoso. Casos en que se desarrolle desde el nacimiento... escuché que sólo se descubrieron en un niño llamado Shinirot hace veinte años aproximadamente.- Recordó la princesa que también sabía de que estaba hablando su compañero.- ¿Hay cura?

- Sólo él puede curarse, recuperando su yo. Al menos eso escuché.- Dijo Clouguel muy serio.- Tampoco ha habido casos suficientes como para que se desarrollara un remedio.

Mientras todos hablaban, Airine estaba sufriendo los golpes y los hechizos demoledores del dragón rojo. La chica estaba aguantando de milagro, tenía la armadura prácticamente destrozada, los cortes de la espada ya le habían llegado a la piel. La magia impactaba sobre ella una vez tras otra, causándole tanto daño que no paraba de escupir sangre, pero eso no detenía al dragón rojo. Realmente parecía que todos sus sentimientos habían desaparecido por completo, podría haber acabado con ella en cualquier momento, simplemente empujándola un poco. Ella estaba tan acorralada que simplemente podía bloquear algún golpe con su lanza, e incluso al cabo de un tiempo perdió esa capacidad cuando el enloquecido hechicero la desarmó con un hechizo de fuego directo a las manos.

Aún así no se detuvo.

Frente a su rival indefensa continuó hiriéndola una vez tras otra, sin llegar a hacerle siquiera una herida mortal, sólo con la intención de hacerla sufrir un poco más. La armadura acabó por caérsele a trozos cuando la golpeó una onda de viento cortante que tenía la fuerza de un tornado.

La vista de la chica empezaba a distorsionarse, volviéndose completamente borrosa, el dolor la estaba haciendo perder el conocimiento. Sus movimientos se estaban volviendo cada vez más pesados, hasta que el mero hecho de mantenerse de pie era una proeza física para ella.

Las piernas le fallaron cuando una ola de agua le golpeó. Utilizó sus últimas fuerzas para caer de rodillas hacia adelante y no salirse de la plataforma. En ese momento sí que no tenía ninguna posibilidad de defenderse y parecía que su adversario estaba de acuerdo en eso.

- Ahora, muere.- Ordenó Romneo con una enorme sonrisa en los labios.

El mago se disponía a atravesar con su espada a Airine, sin importarle dónde, sólo que fuera un golpe mortal. Todo se quedó en silencio mientras la espada iba directa hacia su cara, incluso los gritos se vieron ahogados debido a la desesperación, entonces todo se paró.




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Romneo detuvo la espada frente al ojo izquierdo, como si una fuerza le estuviera agarrando, y comenzó a temblar de nuevo. Estaba teniendo el mismo proceso que al principio, exactamente igual. Todos lo miraron, incluso Airine parecía haber recuperado la consciencia por la sorpresa, y vieron cómo soltaba la espada y se echaba para atrás abrazando su propio cuerpo contraído por el dolor.

- El dragón… me arde…está ardiendo.- Poco a poco empezaba a volver a la normalidad. Su musculatura volvió a ser como antes, junto con todos sus demás rasgos, cayó de rodillas al suelo y comenzó a vomitar sangre medio agonizante.- Este dolor… es insoportable… no puedo más, me falta el aire.- Empezó a moverse agónicamente hasta quedar tumbado bocarriba sin dejar de contraerse.- …Airine… lo siento, no sé que me ha pasado... lo juro.- Comenzó a llorar y a gritar por el dolor que sentía, era como si su cuerpo estuviera envuelto en llamas mientras que el dragón estaba volviendo a su tamaño normal.

- Romneo… no pasa nada, ahora habrá que intentar calmar ese dolor.- Airine se acercó, poco a poco, cojeando y tambaleándose hacia su amigo. Por fin había pasado todo.

Pero antes de que llegara, una onda expansiva la alejo de él y la plataforma bajó a toda velocidad. Tan rápido que impactó contra el suelo haciendo que los dos que estaban en ella volaran por los aires.

- ¿Qué pasa ahora?- Decía Romneo alzando la cabeza con dificultad una vez que cesó el dolor, intentó ponerse de pie pero eso le resultó muy complicado, el dolor era muy fuerte todavía y le costaba mantener el equilibrio. Rápidamente intentó caminar, ir hacia su amiga, pero se dio cuenta de que no podía moverse, de que estaba metido en un campo de energía que rodeaba impidiéndole completamente el paso.- ¿Qué demonios pasa ahora?

Se escucharon unos pasos pesados avanzando hacia ellos.

- Creo que esto me será muy útil.- Dijo la voz del líder de los asesinos de dragones acercándose lentamente, aplaudiendo mientras el sonido de sus pasos sonaban tan fuerte como sus palmadas. Estaba entrando a través de un túnel frente al que cruzaron Romneo y Airine.- Nunca pensé que el que escucharas esa conversación distorsionada daría tan buenos resultados. Ahora sólo me falta matar a Airine y controlar ese poder que tienes, Romneo Seifka. Ahora sé quién eres y por qué me sonaba tanto tu apellido. Nunca pensé que llegarías tú solo aquí y caerías en mis redes.

- ¿De qué hablas? Tú no eres más que un loco.- Gritaba Clouguel sacando la zamba y saltando de las gradas para quedar frente a frente con Plabios.

- Seifra… Kasien… esos nombres son la clave.- Comentó con una sonrisa en los labios.- Pero supongo que nunca lo entenderéis, os he traído diversión a vosotros también y aprovecharé para poder apoderarme también de la materia blanca, moriréis todos en un momento. Nunca pensé que podría obtener tanto beneficio con una visita vuestra.- El líder chascó los dedos y aparecieron cientos de asesinos de dragones armados listos para luchar.- Adiós… “Portadores de la materia blanca”, vuestro viaje, con todas sus penalidades, ha sido completamente inútil.

Todos observaban impotentes el giro que había dado la situación, todo se había complicado más de lo que jamás hubieran esperado. Ese sitio donde habían sido tan hospitalarios con ellos se había convertido en una trampa mortal. Veían cómo cientos de asesinos de dragones se disponían a luchar contra ellos, armados con sus lanzas especiales, y a acabar con sus vidas sin inmutarse. Sin esperárselo habían sido partícipes de un complot, de una guerra entre dos clanes cuyos inicios se pierden en la memoria. Las ansias de victoria de Plabios le habían cegado hasta el punto de no preocuparse de otra cosa, el líder de los asesinos de dragones se disponía a acabar con Airine, una compañera que él mismo había introducido en la orden con gran esfuerzo y a la que había criado como a su propia hija.

Sólo pensaba en apoderarse de la materia blanca para unos fines que ninguno entendía, nadie sabía por qué todos tenían ese ansia en obtenerla que ni siquiera les hacía plantearse el porqué de su división. Romneo se encontraba encerrado en una barrera que lo inmovilizaba y no podía escapar de ella. Se había hecho cada vez más estrecha hasta el punto de que no podía ni siquiera moverse un paso hacia adelante.

¿Para qué querían los asesinos de dragones la materia blanca? ¿Quiénes eran esos Seifra y Kasien de los que había hablado Plabios? ¿De qué clave estaba hablando y qué quería de Romneo? Todas esas dudas se acumulaban sin encontrar respuesta en las mentes de todos. Y no estaban en una situación en la que pudieran pararse a pensar.

Sexto datado: Los asesinos de dragones // Segunda Parte: Locura (1)

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Romneo se alzaba sobre el edificio mirando hacia los demás con una expresión despiadada de odio hacia Airine, nunca habían visto al mago tan enfadado. Ella se quedaba perpleja ante las acusaciones de su amigo. ¿Por qué decía eso?

- Escúchame, te equivocas, rechacé sus órdenes y abandoné a los asesinos dragones para no dejaros a vosotros. – Decía desesperada mirando fijamente con ojos llorosos al mago pero la semilla del odio ya estaba plantada y era imposible detenerla. Las palabras no podían llegar a Romneo.

Él estaba seguro de lo que había escuchado, no era consciente de los gestos que había hecho la chica y desde su punto de vista la respuesta había sido positiva.

- ¡Mientes! Airine, escuché toda la conversación. No puedes engañarme, ahora cállate. Deja que mi sable y tu lanza hablen por nosotros.- Decía con firmeza el enfurecido chico haciendo un movimiento amplio con su espada y se preparaba para atacar.

- Romneo, está bien, espero hacerte entrar en razón. Ya sea de una forma o de otra.- Airine sacó su lanza y se colocó a la defensiva pero no con tanta seguridad como su rival.- Lo siento mucho… no quería crear esta confusión…

- ¡Cállate de una vez!- Cortó Romneo antes de saltar desde la torre con la espada agarrada tras la cabeza.- Luchemos ya.

Según caía aprovechó para hacer un amplio movimiento de ataque que Airine bloqueó con el asta de su lanza. Pero los golpes a ese punto se repitieron una y otra vez, aunque sabía que eso no conseguía herirla de ninguna manera. Siguió insistiendo hasta que la fuerza de los golpes hizo que ella cediera y comenzó a echarse atrás. Poco a poco iba retrocediendo incapaz de hacer nada.

El resto del grupo no sabía qué hacer, no parecía que la chica quisiera traicionarles, pero en ese momento meterse en medio sería un completo suicidio para el que lo hiciera.

- Está intentando partir la lanza- Comentó Clouguel inquieto ante la actitud de su amigo.- Parece que Romneo no se echará atrás, quiere matarla.

- ¡Romneo detente! ¡Ella no ha hecho nada!- Intentó disuadirle la doncella muy preocupada.

- Es cierto, deténgase ahora mismo.- Ordenó el general muy serio deseando que el mago le obedeciera como si estuviera bajo su mando.

- Callaos- Dijo el dragón rojo- no interfiráis, esto es algo que Airine y yo tenemos que solucionar entre nosotros. Quizá estábamos predestinados a esto desde que nos abandonaste.

Romneo estaba firme frente a la ex-asesina de dragones mirándola de una manera que nunca habían visto en el dragón rojo era como si tuviera llamas en los ojos. Ella se colocó en posición de ataque, la única solución que veía era hacerle entrar en razón con la fuerza. Él hizo lo mismo, se puso con un brazo preparado para lanzar conjuros en cualquier momento y el otro bajo la cintura con la espada, una pierna se encontraba más adelantada que la otra y estaba inclinado hacia adelante, pretendiendo conseguir una mayor velocidad. Se mantuvieron en esa posición, mirándose fijamente a los ojos, con paciencia. Esperaban a que el otro diera el primer paso, a que tuviera la iniciativa.

La mayoría de los presentes ni siquiera se había dado cuenta, pero unas extrañas nubes se alzaban tras el mago, cubriendo el cielo y volviéndolo completamente negro. Nadie le dio importancia, sólo eran nubes de lluvia.

El grado de concentración que habían alcanzado era tan elevado que podían escuchar la respiración del otro, cualquier ínfimo movimiento. El combate prosiguió, con el sonido de un pie rozando la tierra. La chica había tomado la iniciativa impulsándose en el suelo con fuerza, en un segundo saltó hacia él para poder atacarle al aprovechar ese impulso. El mago la miró con cada vez más ira, estaba bastante preparado como para prever ese movimiento. Colocó la palma de su mano izquierda apuntando hacia ella y esperó a que estuviera cerca.

-¡Rayo!- Gritaba el dragón rojo.

La chica esperaba ese conjuro, era la entrada que hacía Romneo cada vez que habían luchado y, como ya había dicho la primera vez, una vez conocida la estrategia no tenía misterio alguno. Movió la lanza hacia arriba, para recibir el rayo con ella y utilizarlo a su favor.

Pero el rayo no cayó del cielo.

La chica estaba completamente desprotegida, así que él se acercó a ella, apoyando la mano en su vientre mientras aún caía. Un rayo brotó de la mano en vez de salir del cielo. Airine no tuvo tiempo de cubrirse y recibió un impacto muy potente que hizo que saliera disparada. Imparable, atravesó la puerta de una especie de túnel cercano desapareciendo de la vista de todos.

- ¿Qué te ha parecido? ¡Quizás ha sido demasiado para ti, traidora!- El dragón rojo fue corriendo, entrando en el túnel para perseguir a su adversaria, a la que no tenía intención de perdonar.

- ¡Detente!- Gritó la princesa, completamente desesperada, mientras todo el grupo iba a toda velocidad para seguirles. En ese momento vieron a Romneo un segundo, pero cuando iban a alcanzarle una bola de fuego dio en el techo haciendo que se derrumbara impidiéndoles el paso.

- Os he dicho que no interfiráis- Sonó su voz desde el interior del túnel alejándose a gran velocidad.

- Maldita sea. ¡Ha perdido completamente el juicio!- Gruñía Clouguel intentando quitar el montón de rocas que les impedía el paso, pero era completamente inútil, el derrumbamiento había sido demasiado grande.

- Tenemos que impedirle que se maten por un error estúpido.- Decía preocupada Areis mirando a su alrededor buscando una salida.

- Tiene razón, tenemos que buscar alguna otra entrada, un pasadizo, cualquier cosa pero debemos darnos prisa.- Decía Vonner mirando a un lado y a otro sin parar.

Pasaron unos segundos sin saber qué hacer, no podían pedir ayuda a los asesinos de dragones y ellos no conocían el lugar. Era demasiado laberíntico para ponerse a buscar sin rumbo una entrada al otro lado del túnel, más teniendo en cuenta que no sabían que había al otro lado. El necromeriano llevaba un rato pensativo y por fin se decidió a reaccionar.

- Yo me encargo.- Aseguró Luitán mientras le crecían unas garras muy afiladas de las manos. - Estoy aprendiendo a controlarlo desde hace un tiempo.

- Gran idea.- Observó Deine impresionado, esperando a que el necromeriano se pusiera manos a la obra.

- Lo sé… ¡Aceleración!- Luitán hizo su habilidad para aumentar su velocidad, saltó y comenzó a correr por la pared como si fuera un tigre corriendo por la selva. Iba a cuatro patas clavando las garras para no caer.

Rodeó el túnel a gran velocidad llegando enseguida a su destino, un edificio enorme. Subió hasta el techo de este observándolo. Allí vio un enorme patio con gradas, se trataba de un coliseo, el túnel era el camino por donde entraban los luchadores a la arena. En el centro estaban Airine y Romneo luchando mientras la zona de combate se elevaba por los aires, antiguamente esa función se utilizaba para causar más expectación, porque si alguien caía seguramente se destrozaría contra el suelo.

- ¿Qué ves?- Preguntó Vonner inquieta.

- Vaya… chicos podemos colarnos por arriba, no hay tejado.- Contestó Luitán impresionado por el lugar.- Subid y ver esto.- Lanzó una cuerda, atándolas bien sujetas, para que alguno pudiera subir por ella.

- De acuerdo- Dijeron todos y comenzaron a subir como podían.

Al que más le costaba era al general Deine debido al peso de su armadura y por eso fue el que subió por la cuerda. Clouguel iba clavando su zamba en la pared para impulsarse con ella y, sin soltarla, se agarraba al muro con su mano libre. Vonner lanzó una flecha con una cuerda para luego trepar por ella. Areis saltó, impulsándose con la pared, con fuerza suficiente para llegar a la pared del edifico más cercano, luego saltó desde ahí para pegarle una patada al muro lo bastante fuerte como para hacer un agujero y poderse apoyar. Subió haciendo agujeros que le servían de agarre en el muro y trepando hasta que llegó arriba.

Según iban llegando iban observando asombrados el espectacular coliseo y sobre ellos a los dos luchadores, por desgracia ya estaban demasiado altos como para llegar ahí.

- Maldita sea. Es demasiado tarde, ya sólo podemos mirar cómo se matan.- Dijo furioso Clouguel mirando la plataforma.

- Mirad eso.- Decía Vonner señalando al mago con el rostro pálido.

Las nubes que se alzaban sobre Romneo habían desaparecido, el cielo estaba completamente despejado, pero ahora un extraño aura oscura estaba a su alrededor. Parecía como si esa oscuridad que les cubría hubiera descendido completamente y le hubiera envuelto. El combate estaba siendo muy intenso, más de lo que cabía esperar, y algo extraño le ocurría al dragón.

Airine parecía preocupada, estaba muy malherida, y estaba claro que era incapaz de ganar ese combate. Cada vez que se habían enfrentado, ya fuera entrenando o por otras razones, la ganadora había sido ella. Pero esta vez todo era distinto, parecía que se estuviera enfrentando a otra persona. Romneo agarró la lanza de la chica e intentó hacer el mismo truco que usó contra Brad y Wed, pero no funcionó, la lanza era resistente a ese tipo de hechizos. La asesina aprovechó ese momento para golpearle en el estómago con el asta y así tener tiempo suficiente para poder alejarse unos pasos de él. El mago se dobló un segundo por el impacto, escupió en el suelo y se irguió nuevamente dispuesto a seguir el combate como hasta ese momento.

La chica le miró a los ojos, ya no tenía la expresión de lástima del principio, ahora si quería luchar en serio.

- Lo siento, pero mi lanza está hecha del material especial. Es dura y resistente como ninguna y además inmune a magias, lo siento. Es una sensación como cuando tú tienes el fuego creado por ti en tu mano y no te quemas a no ser que tú quieras.

- ¿Eres Imbécil?- Preguntó con un tono muy frio, mirándola con un desprecio absoluto.

- ¿Qué?- Preguntó Airine sorprendida ante esa pregunta.

- He dicho que no hables. Quiero acabar con esto cuanto antes. ¡¿Lo has entendido de una maldita vez?!- Gritó el furioso dragón.

Romneo se lanzó a por Airine y comenzaron a luchar otra vez sin tregua. Las armas se cruzaban sin parar, ninguna alcanzaba su objetivo salvo algunos pequeños arañazos sin importancia. Pese a que la lanza era menos manejable que la espada de una mano del mago, la agilidad con la que la movía era asombrosa. Parecía un gran espectáculo con giros y piruetas. Bloqueaba y atacaba al mismo tiempo, si uno de los dos se detenía o se distraía un segundo, sería fatal. Una constante lluvia de conjuros era lanzada hacia ella, pero era inútil porque la chica los bloqueaba con la lanza, en alguna ocasión los desviaba o se los devolvía a su portador que se veía obligado a esquivarlos con gran destreza.

El grupo estaba muy preocupado por la tensión del combate, nada bueno podía salir de eso, fuera quien fuera el vencedor. Pero lo que más les preocupaba era el aura extraña que no paraba de crecer en torno al chico, les recordaba demasiado a la escena que habían visto sólo un par de días antes. Algunos estaban moviéndose de un lado a otro, intentando buscar la forma de bajar esa plataforma, o de poder subir a ella. Otros se dedicaban a gritar sin parar, intentando que se detuvieran, dándoles razones para que se acabara esa insensatez.

Era inútil. El combate continuaba, cada vez más sangriento, cada vez más potente. Parecía que a medida que avanzaba la lucha, ellos aumentaban también la energía que ponían en el combate. Romneo hizo un movimiento amplio, intentando cortar a la chica por la mitad, con lo que ella reaccionó saltando por los aires con todas sus fuerzas, elevándose sobre las nubes hasta que se la perdió de vista completamente. Era la mejor habilidad de la chica.

El dragón rojo observó el cielo impasible, completamente relajado y paciente, esperando el movimiento.

Pensaba Romneo desviando su mirada al suelo preparado para esquivar el ataque de Airine.

La ex-asesina de dragones bajó en picado hacia su adversario al cabo de unos segundos, como se esperaba que ocurriera, con esa velocidad era imposible verla directamente. Romneo pudo esquivarlo fácilmente esperando el instante en que apareció la sombra. El mago se alejó de un salto del punto en que iba a golpear, quedando a un par de metros de la chica, pero cuando Airine iba quedar clavada en el suelo hizo un movimiento rápido. Lanzó el arma con todas sus fuerzas hacia Romneo, que no se esperaba ese movimiento.

La lanza fue directa hacia el corazón y le dio de lleno atravesándole de un lado a otro.

Salió limpiamente.

El arma cayó al suelo, golpeando dos veces contra él y después todo se quedo en silencio. La sangre empezó a gotear muy lentamente. Las caras de todos los presentes se desencajaron incapaces de asimilar lo que acababan de ver. El mago se miró el pecho, vio su propia herida antes de escupir bastante sangre. Intentó reaccionar, pero la fuerza de su cuerpo iba desvaneciéndose lentamente, su arma cayó en el suelo, la magia que había empezado a concentrar en su mano se desvaneció en humo. Su dolor se convirtió en el dolor de sus compañeros, y tras unos instantes cayó al suelo con los ojos completamente abiertos, intentando respirar mientras la vida se iba lentamente.

- Lo siento mucho.- Decía Airine, más llena de dolor que nadie, mientras pasaba junto al cuerpo para coger la lanza.- No me dejaste otra elección.

- No…- Clouguel cayó de rodillas al suelo con el corazón comprimido, sentía como a él también le faltaba el aire. De sus ojos brotaron lágrimas, al igual que en el resto de sus compañeros.- No puede estar muerto… ¡Romneo! No puedes morir así imbécil, aún me debes la revancha recuerdas. ¡Esto no puede ser verdad!

Aunque Clouguel no conocía de hace mucho a Romneo se habían convertido en grandes amigos y el dolor que sentía por su pérdida era equiparable a la de un hermano.

Sexto datado: Los asesinos de dragones // Primera Parte: La amabilidad de los asesinos de dragones (2)

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Los dos asesinos de dragones cargaron contra él y empezó el combate. Romneo se basaba en esquivar y defenderse de los golpes de ambas lanzas mientras ellos intentaban golpear con movimientos muy coordinados. Eran capaces de golpear prácticamente el mismo punto sin entorpecerse mutuamente, pero el dragón rojo era más ágil que ellos si estaba a la defensiva.

- Je… Tenías razón. Hay dragones muy astutos, pero tal y como dijiste no son tan fuertes como los otros.- Comentaba sonriendo Wed seguro de su victoria en una situación como esa.

- Puede que en eso te mintiera- Decía el dragón rojo mientras hacia un ataque que echó atrás a los dos asesinos de dragones, después agarró la lanza de Brad y la apretó fuerte con su mano ardiendo - Y una cosa más, dile a tu amigo que no use lanzas de metal con un mago. ¿No os enseñan nada?

- ¿Por qué?- Preguntó el incauto asesino sin comprender nada.

En ese momento su compañero se dio cuenta pero era demasiado tarde para impedirlo.

- Porque los dragones hacen ataques de fuego y rayo. Ahora tu lanza es conductora del calor.

El pobre asesino de dragones observó la palma incendiada de su rival y de pronto la lanza se puso al rojo vivo debido al calor. Este no pudo aguantarla más en sus manos pese a que lo intentó, pero el dolor producido por el calor que desprendía le obligó a dejarla caer al suelo. Después empezó a gritar de dolor y huyó en busca de un pozo con agua para aliviarse. Entonces el enfrentamiento se volvió un uno contra uno.

- Ahora sólo quedas tú, Wed.

- Tranquilo. Mi lanza es de un material único, no se rompe pero resiste el calor, se conoce como acero sin elemento.- Levantó la lanza con orgullo dejando ver que evidentemente su textura no era la de un metal normal, era más similar a una piedra la punta estaba muy afilada.- Casi todos los asesinos de dragones tenemos una así, pero este es principiante y tenía una normal.

- Está bien, sigamos.- Romneo dio fin a las negociaciones amistosas y siguió el combate.

Ambos se centraron en el daño físico, moviendo las armas con una gran agilidad, el asesino de dragones era capaz de igualar los movimientos que hacía su rival pese a utilizar una lanza e impedía que este pudiera concentrarse en realizar un conjuro. El mago estaba resintiéndose poco a poco, la fuerza y agilidad de su rival iban aumentando, era una de las mejores habilidades de algunos asesinos, el mejorar sus capacidades físicas mediante magia. En ese momento decidió que había llegado la hora de terminar con el enfrentamiento.

La lanza descendió haciendo un semicírculo, dispuesto a partir en dos al dragón rojo, aparentemente le había cogido completamente desprevenido. La espada estaba apuntando hacia el suelo, sin intención alguna de elevarse y detener a su agresor. Fue en el último segundo en el que se observó una reacción defensiva. Romneo se apartó, dejando que la lanza casi le rozara, lanzó su arma al suelo haciendo que se clavara enganchándose a la lanza de su oponente de forma que era imposible moverla. Después, en menos de un segundo se colocó a apenas un palmo de distancia de su rival.

- Trágate esto.- Dijo dejando la mano derecha atrasada concentrando un hechizo.

- ¡¿Qué?!- Gritó Wed sobresaltado y preocupado al ver lo que le podía ocurrir.

- ¿Es que no lo sabes? Los dragones… ¡Escupen fuego!- El mago sin dudarlo acercó más la mano al estomagó del asesino para que éste recibiera el impacto con mayor intensidad, llegando incluso a apoyar la palma en su cuerpo.- Fueg…

- ¡Alto!- Sonó una voz potente tras ellos, capaz de hacer que todo se detuviera en el momento exacto y dejando un sepulcral silencio tras ese sonido.

Ambos miraron tras ellos, donde se encontraba el líder de los asesino de dragones junto a los amigos de Romneo. El mago miró al líder con el rabillo del ojo y después dirigió una vez más la mirada hacia su indefenso rival.

- Estamos en medio de una crisis mundial y vosotros os estáis peleando, en estas circunstancias no debe haber rivalidades entre clanes.- El mago seguía desconfiando y continuó cargando la bola de fuego.- Por favor, detened el combate. Ahora los dragones rojos serán bienvenidos, al menos este dragón rojo lo es.

Romneo y Wed se dirigieron una última mirada de rencor pero por fin llegó la calma. Se apartaron lentamente, sin bajar la guardia y después cogieron sus armas del suelo, el dragón rojo lanzó su bola de fuego al cielo para deshacerse de ella puesto que estaba muy desarrollada para absorberla de nuevo y después guardó su espada en la vaina.

- Está bien, tienes razón Plabios, no debemos enfrentarnos entre nosotros por el momento. Y si las leyendas son ciertas, más vale que trabajemos en equipo para poder acabar con la crisis.- Comentó el chico mientras todos le miraban sorprendidos, en especial los asesinos de dragones, al ver que tuteaba y hablaba por su nombre al líder que tanto respetaban y ante el que Airine se había arrodillado un momento antes.

El líder se le quedó mirando con mala cara cuando escuchó su nombre, le había parecido algo ofensivo y muy descarado, pero su rostro cambio y se volcó en una carcajada.

- Vaya. No sabía que supiera mi nombre señor Seifka, pero me parece que aún no hay confianza para que nos tuteemos.- Comentó el asesino de dragones mostrando una sonrisa amable.

- Ni tampoco el respeto para llamarnos de usted, Plabios. Así que háblame como quieras y yo te hablare de tú.- Dijo el mago sin dejar de mirarle a los ojos mientras él intentaba mantener su buen humor.

- De acuerdo Romneo, en ese caso haré lo mismo. Si no es mucho pedir, cenaréis en mi casa y dormiréis también allí después de contarme todos los detalles de vuestro viaje.- Ofreció amablemente.

- Mm.…-Dudaba Romneo a quien no le transmitía demasiada confianza tal, en su opinión, exceso de amabilidad.

- Por supuesto que nos quedamos.- Afirmó Airine muy segura mientras daba un golpe en las costillas a su amigo para que se callara. - Señor, iremos a su casa cuando quiera.

El inmenso hombre sonrió y asintió con aprobación mientras le indicaba el camino con el brazo. Poco tiempo después, Romneo y los demás llegaron hasta la casa Plabios haciendo un recorrido por la ciudad flotante hasta el lugar más grande que había, que evidentemente estaba decorado con escenas de dragones asesinados o con restos de algún dragón.

Durante la cena le contaron todas su aventuras al líder de los asesinos, quien escuchaba con gran atención, aunque el mago estuvo callado todo el rato salvo para impedir que algún detalle fuera contado, en especial las escenas donde alguno de los miembros del grupo había rebasado el límite de los mortales. Comieron todo un banquete les habían preparado los sirvientes del líder, compuesto por todo tipo de platos imaginables. Después de unas cuantas horas disfrutando de los beneficios de la estancia, llevaban sin comer bien desde que el viaje comenzó, decidieron irse a dormir, donde también agradecieron el haber llegado ahí, pues no habían estado en unas camas tan cómodas como aquellas que ni se acordaban, de hecho algunos nunca habían visto unos colchones tan confortables.

En apenas un minuto estaban dormidos, todos menos Romneo que se quedó vagando por el castillo sin dejar de quejarse en su mente por esa horrenda decoración, pero aparentemente él era el único que tenía quejas por su anfitrión. Estuvo buscando algo con lo que entretenerse durante un par de horas, hasta que pasó por delante de una puerta y se detuvo al escuchar al líder de la orden rival hablando con su compañera Airine. Aunque sabía que no era lo correcto se quedó con la cabeza pegada a la puerta para escuchar la conversación, pero sus esfuerzos por intentar ver lo que ocurría en su interior, fueron inútiles.

- Es un placer estar en casa de nuevo.- Afirmaba con alegría la chica con una sonrisa.

- Este siempre ha sido tu hogar, pequeña.- Contestaba mirando hacia la pared.- Desde el día que descubrimos tu don como asesina y te trajimos para que te entrenaras, siempre, e incluso antes. Este siempre es el lugar al que has pertenecido.

La chica realmente estaba contenta de haber vuelto a su casa, para ella ese lugar representaba mucho, mucho más de lo que había representado la base de los dragones rojos. Realmente aquí se sentía una más, como si fuera una gran familia, por mucho que su padre fuera el líder de los dragones rojos.

- Bien, Airine, veo que habéis vivido muchas aventuras para llegar hasta aquí, supongo que habrás estrechado lazos con esas personas tan extrañas ¿verdad?- Comentó el líder, aun evitando mirar a su subordinada.

- Sí señor, hemos vivido muchas cosas juntos.- Contestó Airine muy feliz.- Puede que al principio estuviéramos reacios a viajar juntos, pero se puede decir que nos hemos convertido en grandes amigos.

- ¿Ah sí?- Preguntaba mientras se daba la vuelta para lanzar una mirada fría a los ojos de Airine.-...Quiero que les mates.

- ¿Qué?- Esa orden tan repentina se había clavado en el corazón de la chica y la había dejado petrificada. Nunca se habría esperado eso, para ella su líder era alguien respetable y un gran hombre, alguien que nunca ordenaría algo así a la ligera.- No… no lo entiendo.

- Recuerda lo que nos hicieron a los asesinos de dragones, no puedo consentir que los perdones sin más. Quiero que mates a Romneo Seifka, Clouguel Trike, Luitán Ritcral y Paldran Deine.- El líder hizo una pausa. Se veía que estaba furioso y que tenía un gran rencor hacia cualquiera que no fuese miembro de su orden.- En cuanto a Areis Grain y a Vonner von Eismench, tráemelas vivas. Quiero tener en mi poder la materia blanca para dar fin a ese enfrentamiento entre nosotros y los dragones rojos. ¡Quiero demostrar lo superiores que somos!

- ¿Cómo puede pedirme eso? – Preguntó indignada Airine ante la petición de su líder.

- Es simple o les matas o di adiós a los asesinos de dragones.- Amenazó el líder intentando dejar a la chica entre la espada y la pared.

- ¿Sí? ¿Pues sabe que le digo?- Ella se agarró la capa y, tirando de ella, se la arrancó haciendo desaparecer de su ropa el símbolo de los asesinos de dragones.

- ¿Esa es tu decisión?

- Sí, en el fondo estaba harta de sus estúpidas órdenes y de este grupito.

- En ese caso en cuanto amanezca marchaos de aquí, y no vuelvas si no es con sus cadáveres. ¿Entendido?- Dijo Plabios autoritario pero intentando mantenerse calmado.

- De acuerdo.

Romneo, que había escuchado todo pese a no ver nada, se marchó de ahí antes de que la chica pudiera ver que les había espiado. Airine salió de la habitación dando un portazo. Se fue a dormir con los demás, tras preparar todas las cosas para el viaje, y a la mañana siguiente los despertó a todos a primera hora, tenía que hablar con ellos, debían estar advertidos de cuál era el plan del líder de los asesinos de dragones. Una vez estaban todos despiertos y listos para salir, todos menos Romneo, la chica quiso que fueran rápido, debían encontrar al mago antes que sus “compañeros de orden”.

- Chicos debemos irnos rápido de la ciudad, aquí…-Decía Airine desesperada, intentando ser los más breve posible, pero un grito detuvo la conversación.

- ¡Airine!- La voz provenía de la cima de una pequeña torre junto a ellos, Romneo estaba furioso sobre ella con la espada desenvainada apuntando al suelo y unas nubes tenebrosas que se acercaban detrás de él. Dirigió una mirada de odio hacia su compañera y la señaló con el filo de su arma.- ¡Has osado intentar traicionarnos después de que depositamos nuestra confianza en ti! ¡No te lo perdonaré!


Dibujitos cutres de Leyendas de Intelon x'D

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El otro día me aburría y me puse a dibujar a Luitán en plan coña, seguí con Romneo, Vonner, Clouguel, Areis y Deine. Me tenía que ir así que no hice más xD Son una cutrada pero son graciosos xD Clouguel en particular me mata porque se parece al del Drawn to life (juego NDS)

Omar y yo hablamos sobre una posible entrada para que la gente subiera sus dibujos, pero ya la escribiremos. De momento esto es algo puntual aprovechando que lo tenía xD Espero que por lo menos os haga gracia xD

Un saludo, Russianwhite

Sexto datado: Los asesinos de dragones // Primera Parte: La amabilidad de los asesinos de dragones (1)

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Romneo estaba asombrado al ver la masacre que se había provocado mientras él dormía y después observó a todos sus amigos, menos a Vonner, magullados y heridos en el suelo, prácticamente inmóviles. Alguno incluso presentaba heridas bastante graves como era el caso del general y Clouguel quienes estaban prácticamente destrozados por los golpes recibidos.

- ¿Qué ha pasado aquí?- Preguntó aterrorizado viendo que su puño había estado a punto de golpear a Vonner. Estaba empezando a ser mínimamente consciente de lo que había ocurrido ahí.

- ¿No recuerdas nada?- La princesa tenía curiosidad, pero estaba asustada también.

- No- Contestó el mago mirándose las manos temblando.

- Es muy largo de contar… es mejor que lo olvides. –Aseguró ella sonriendo aliviada al ver que todo había pasado. El inocente joven volvía a ser el de siempre y lo mejor era dejar lo ocurrido como una anécdota, algo que no estaban seguros de deber contar al confuso compañero.

- ¿De qué hablas? ¿Os atacaron esos bandidos?...- El chico apartó la mirada hacia el suelo esperando la cruel verdad.- ¿O fui yo? Se sincera Vonner. Yo no… ¿He sido yo el que casi os mata verdad?- Continuó preguntando cada vez más preocupado, con los ojos muy abiertos y llorosos.

- Pues sí.- Confirmó la princesa con una franqueza absoluta que llegó a clavarse en lo más hondo del corazón de su compañero.- Pero estabas sonámbulo, no tienes de qué preocuparte… no es culpa tuya.- Intentó animar, lamentablemente el rostro de su amigo sólo se iba llenando de amargura.

- ¿Cómo quieres que no me preocupe?- El dragón rojo estaba conmocionado, incluso más que aquellos que habían recibido el ataque. Cayó de rodillas en el suelo y unas lágrimas se deslizaron por su rostro por culpa de la impotencia que sentía en ese momento. No entendía nada, era incapaz de comprender qué había ocurrido, y tampoco cómo evitarlo.- Casi os mato. Podría haberos asesinado.- La princesa le miraba preocupada. Romneo pegó un puñetazo en el suelo.- Vosotros sois mis amigos, y podríais haber acabado como todos esos bandidos.

- No digas eso…- Vonner se puso de rodillas frente a él apoyando una mano en su hombro.- Vamos. Sabes que eres incapaz de hacernos daño, por eso te has detenido antes de golpearme.- Deslizó la mano lentamente y se acercó hasta abrazarle con el fin de poder animarle.- Eres una buena persona nunca matarías a nadie si no se lo mereciera.

- Vonner…- Las lágrimas se secaron de los ojos de Romneo, estaba muy sorprendido. Sabía que ese abrazo era un gesto de aprecio enorme así que se relajó y abrazo a la princesa.- Gracias.

- Vosotros.- Sonó una voz desde un par de metros.- No hace falta que os preocupéis por nosotros. - Decía irónicamente Luitán intentando levantarse tras el gran golpe del mago.

- Lo siento- Dijo Vonner soltando al mago rápidamente tras darse cuenta de que sus amigos no estaban en la misma situación que ella. Se levantó sin esperar un segundo y se colocó junto a los heridos para curarles con su magia blanca.

Tenían suerte de tener en el grupo a la, posiblemente, mejor curandera de todo Intelon.

Todos, o la mayoría, pasaron por una larga curación, hasta que en total tuvieron que detenerse unas cuantas horas. Descansaron hasta tener las extremidades nuevamente a pleno rendimiento y retomaron el camino hasta Greenspeck que estaba a apenas un kilómetro de distancia.

Estuvieron caminando sin ningún problema hasta llegar a las puertas de la ciudad. Había una muralla enorme, rodeaba completamente el sitio convirtiéndolo en una especie de fortificación, y en cada extremo de la ciudad había una gran puerta que se solía cerrar al anochecer, evitando que cualquier monstruo penetrara en la ciudad. Junto a la puerta había dos torres de vigilancia donde se iban turnando soldados y observar. Estaba claro que era un sitio muy preparado para un ataque, daba igual que pasaran años en paz, siempre estaban dispuestos para la guerra. Nada más entrar, había una calle principal rodeada de grandes edificios, era una ciudad próspera aunque no muchos sabían de dónde provenían esos beneficios estando tan alejada de todo. Siguiendo esa calle se llegaba a una plaza, una muy simple y redondeada donde se observaba la estatua de un dragón tallada en una piedra de un color rojizo. El dragón estaba atravesado por varias lanzas y un caballero se alzaba pisándole la cabeza contra el suelo en tono de burla y con un gran aire de superioridad. El mago miró con desprecio esa estatua y luego suspiró.

- Greenspeck… no ha cambiado absolutamente nada. Sigue dando tanto asco como la anterior vez que vine.- Comentaba Romneo mientras se apretaba la capa para que no se le notase el símbolo bajo ningún concepto.

- Oye no te metas con este sitio. Es mi ciudad natal.- Defendía Airine ofendida ante los insultos de su compañero. Todos la miraron muy sorprendidos ante esa afirmación, porque ninguno había oído hablar de ese sitio por parte de la chica.

- No es tu ciudad natal. Sólo vives aquí desde que tienes diez años. Y ahora que lo dices, ¿todos aquí son asesinos de dragones?- Preguntaba el dragón rojo mirando a su alrededor con mucha desconfianza.

Entonces todos se dieron cuenta de lo obvio, aunque la estatua lo había dejado todo bien claro. Esa ciudad era, sin lugar a dudas, el lugar donde se localizaba la base de los asesinos de dragones, y por lo tanto, era el hogar de Airine.

- Tranquilo renacuajo, saben que los asesinos habitan aquí pero la mayoría sólo son habitantes de la ciudad, gente “honrada” como dirían los de tu clase. Sólo los asesinos de dragones pueden entrar a la base. Por cierto…- La chica recapacitó seriamente, como si acabara de leer en su mente sus propias palabras.- me acabo de dar cuenta de una cosa. ¿Por qué sólo nos metemos con tu edad? Si Luitán parece mucho más pequeño que todos nosotros ahora que no tiene el maquillaje. En la posada donde, nos reunimos por primera vez hace tiempo, dijiste que la doncella era menor pero Luitán aparenta unos trece años si está al descubierto.

El joven ladrón la miró extrañado y después sonrió al ver que se creía que era realmente joven.

- Verás, los necromerianos vivimos más que el resto de los mortales, y envejecemos mucho más lentamente. En realidad tengo treinta años.- Todos, menos Romneo que ya se lo esperaba, se quedaron sorprendidos al descubrir ese dato. El que todos pensaban que era menor, y que se comportaba de manera más infantil, resultaba ser el mayor de grupo. Mayor incluso que el general.- Los necrorianos viven más de lo normal, y los mesmerianos tienen un proceso de envejecimiento más lento, lo que hace que viva unos quinientos años más o menos, y lo mejor es que cuando llegue a la edad en la que aparente treinta años no envejeceré mas físicamente hasta que muera. En el momento de mi muerte me pudriré automáticamente.

- Eres una caja de sorpresas Luitán- Le dijo Clouguel impactado.

- Jeje, bueno, es que soy único en mi especie y eso que somos pocos- Sonrió el ladrón orgulloso.

- Bueno, vamos.- Dijo Airine. Romneo la miró con desaprobación, preguntándose qué era lo que pretendía y hacia dónde iba a llevarles.

Después ella caminó hacia la estatua del dragón muerto y metió la mano en la boca del mismo. Esperó siete segundos antes de retirar la mano. Las lanzas empezaron a brillar con una gran intensidad creando siete haces de luz, cada uno golpeó en un miembro del grupo y, cegándolos a todos, hizo que se transportaran a una ciudad que se mantenía flotando sobre un mar de nubes a varios metros por encima de la ciudad de abajo. El sitio era un castillo enorme, pero a su vez en él se describían con total claridad las diversas casas donde vivían los miembros. Todo el lugar era blanco con las partes superiores azules y rojas, con cúpulas redondeadas pero acabadas en punta. Y podría verse por doquier la bandera de los asesinos de dragones.

- Increíble.- Dijeron todos, menos el dragón rojo, sorprendidos por la forma de llegar a la ciudad y por ésta en sí.

- Bah. Es mejor la de los dragones rojos.- Decía Romneo mirando hacia otro lado indignado por tener que pasar por esa ciudad sin motivo aparente.

- Cállate, si se enteran de que eres un dragón rojo antes de que avise al jefe de la razón por la que hemos venido, estamos todos muertos, ¿entendido? Así que más vale que mantengas cerrada esa boca tan grande que tienes.- Previno la asesina de dragones a su compañero antes de que pudiera meter la pata. Aunque la verdad es que estaba preocupada por él, porque sabía que si le pillaban ahí, sería una gran celebración, que finalizaría con la ejecución del mago.

- ¿Y por qué hemos venido a esta dichosa ciudad? Sólo estábamos en Greenspeck para atravesar la muralla y llegar hasta Zarcad… con lo que me costó llegar a Midiria sin tener que pasar por aquí y ahora nos paramos.- Se quejaba el mago completamente indignado.

- Mira Romneo, está a punto de hacerse de noche así que la pasaremos aquí y ya has decidido tú el camino hasta ahora, pero yo también tengo derecho a visitar mi hogar si pasamos enfrente. Aún no hemos atravesado las puertas de entrada a la ciudad así que tú espérate aquí, tápate bien el dragón rojo y procura no llamar la atención. – Ordenó Airine- Nosotros iremos a hablar con el líder para que nos deje pasar la noche, será la primera vez que dejen entrar a un dragón rojo. Deberías estar agradecido. El mago le dirigió una mirada de indiferencia.

- Qué gran honor… Está bien, esperaré- Dijo Romneo.- de todas formas no necesito quedarme, no puedo dormir.

Airine y los demás entraron en la ciudad mientras Romneo esperaba sentado a las puertas cerrándose la capa por completo para que nadie viera el símbolo de su pecho, tenía suerte de no ser un miembro muy famoso de la orden y que no tuvieran ya todos sus datos, porque entonces sería inútil ocultar el símbolo. La chica fue guiando a los demás hasta una especie de ascensor que hacía que se tele transportaran hacia el último piso del edificio central, que era el más grande de la ciudad y que parecía ser el más importante, donde se encontraba el líder y las zonas de entrenamiento. El último piso era una habitación enorme, llena de pantallas desde las que se veía toda la ciudad, desde la entrada hasta los rincones más ocultos de la misma. Dentro de la sala había un grupo de asesinos de dragones y en medio estaba el líder sentado en un trono inmenso haciendo que destacara más aún su gran tamaño e imponente figura.

- Señor- Decía Airine poniéndose de rodillas ante él e inclinando la rodilla en signo de sumisión.

Este era un hombre de gran melena negra que se asomaba bajo un yelmo con la forma de un cráneo de dragón, posiblemente porque perteneció a un dragón antiguamente, su cara estaba cubierta por una tupida barba que le llegaba hasta el pecho del mismo color de su pelo. Se podía ver con facilidad que se trataba de alguien musculoso y su aspecto era muy similar al de bárbaro, ya que toda su ropa era de piel de dragón, manifestando sus logros en la caza de los mismos y que el nombre de ese clan no era algo metafórico. Pero su mirada inspiraba inocencia, como si fuera incapaz de herir a alguien inocente. En sus manos sujetaba una gran lanza azul, llena de grabados en espiral y con la punta negra.

Hizo un gesto con la mano para que la chica dejara de postrar ante él, no un gesto de superioridad, sino un movimiento que dejaba claro que aquella actitud no era necesaria.

- Airine, cuánto tiempo ha pasado desde que partiste en busca de…- Decía el líder con alma, pero paró de hablar y se quedó mirando fijamente el brillo en el pecho de Areis y unos segundos después reconoció a la princesa de Midiria. Quedó muy impresionado cuando fue consciente de las compañeras que había traído.- ¿Qué ha pasado con la materia blanca?

La chica le comenzó a contar todo lo ocurrido con la materia cuando ella estaba a punto de obtenerla. Finalizó explicándole que necesitaban pasar la noche ahí y que el dragón rojo que viajaba con ellos era el muchacho que se había quedado en la entrada. El enorme asesino de dragones miró a la chica con gran sorpresa y algo de desaprobación.

Durante ese tiempo Romneo seguía esperando en la entrada con gran impaciencia.

- Por Agni, qué calor hace aquí, parece una sauna…- El mago se quitó la capa mientras se hablaba a sí mismo. La temperatura de esa zona era muy alta para estar abrigado con una capa.

Una hora después de que se quitase la capa todavía no había vuelto nadie, aún estaban contándole todo al líder. En ese momento aparecieron por el transportador dos asesinos de dragones hablando y riendo, posiblemente hablaban de sus hazañas y los acontecimientos ocurridos durante su última aventura. Los asesinos de dragones solían ir en grupo para apoyarse mutuamente.

- Sí, esta misión ha sido bastante… - Los dos asesinos se quedaron mirando a Romneo unos instantes. Al principio su expresión fue de sorpresa por ver a alguien nuevo por ahí, pero enmudecieron al observar su emblema al descubierto. El chico se quedó sin saber cómo reaccionar al ser descubierto. Se quedaron inmóviles, impresionados de ver a un enemigo dentro de su base. ¿Cómo era posible que aún no le hubieran atacado? – Tú eres… un dragón rojo…

- Esto…- El joven enmudeció, intentando buscar alguna excusa, aunque aparentemente no había solución. Pensó durante unos instantes que contestar, pero fue consciente de que cualquier excusa sería inútil.- Sí.- Afirmó con firmeza tras soltar un suspiro.

- Un momento… ¿Romneo?... ¿Romneo Seifka?- El asesino de dragones de la derecha se le quedó mirando como si le sonara de algo. Su rostro se volvió pálido al ser consciente de quién era el invitado.

- Sí. ¿Cómo…? Espera, yo a ti te conozco. Tú eres Wed.- Dijo Romneo sorprendido al ver que conocía a ese asesino de dragones en particular. Algo que en ese momento no le convenía en absoluto.

- ¿Quién es?- Preguntó el otro asesino.

- Disculpa, se me olvidaron las presentaciones, este de aquí es Romneo Seifka, un dragón rojo con el que me encontré hace unos meses en las afueras de la ciudad.- El asesino de dragones apretaba los puños con ira a medida que iba avanzando la historia.- Se dirigía a Midiria, creo, y me comentó que necesitaba ayuda para llegar al otro continente. Yo le acompañe porque evidentemente no fui consciente de que era un asesino de dragones y le dejé marchar. Se burló de mí, porque por sus últimas palabras deduzco que él sabía que yo era un asesino de dragones. Sólo me necesitaba para poder atravesar la muralla, ya que no suelen dejar de pasar a los dragones rojos con mucha facilidad y su otra opción sería hacer un recorrido de varios días bordeándola. Fue muy astuto.- Los ojos de Wed se colmaron de una ira sedienta de sangre.

- Jeje. Es verdad, ya no me acordaba de eso, me fuiste de gran ayuda. Pude llegar hasta Midiria sin problemas en el tiempo necesario y sin pasar por esta ciudad.- Se burló Romneo con una sonrisa de oreja a oreja, como si hablara con un gran amigo en vez de con un enemigo que ansiaba matarle.

- ¿Y qué es lo que te dijo según se marchaba para que supieras que se había burlado de tal manera de ti?- Preguntó intrigado el otro asesino mirándolos con curiosidad pero entendiendo la cólera de su compañero.

- Verás. Le acompañé hasta el puerto y allí cogió un barco. Me quedé para despedirme de él y según se alejaba me dijo: “Gracias por tu ayuda, me ha sido muy útil, nunca olvidaré este favor. A cambio te diré que hay dragones que no serán tan fuertes, pero su inteligencia hace que no puedas darles caza aunque los tengas ante tus ojos. Los dragones hábiles como esos son los peores. Adiós, y nunca olvides que los dragones pueden huir sin ser vistos a pesar de su tamaño.”- El asesino de dragones recordaba cada palabra de aquel momento, y cada una que salía por su boca le provocaba una vergüenza horrible.- Al principio quedé algo confuso porque no entendía lo que quería decirme, hasta que estaba muy lejos y llegue a la conclusión de que esos dragones tan astutos existen. Él es uno de ellos, que no sólo se ocupó de huir, sino que encima aprovechando que no sabía quién era, le ayudé.- Gruñía Wed furioso mientras sacaba su lanza.- Pero me parece que la cosa acabo mal, según he oído se te busca y cometiste el error de volver por aquí después de todo. Su recompensa es enorme así que Brad…Vamos a por él.

- Si es lo que queréis… - Romneo se levantó desenvainando su espada y puso una pierna delante de la otra con el arma en la mano derecha, a la altura de la cintura, y deslizó el brazo izquierdo frente a su pecho con la mano colocada en forma de garra cargando una bola de fuego.- Estoy listo.


Especial de Navidad

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Especial de Navidad


Esta historia ocurrió en mitad de uno de los trayectos de los portadores de la materia blanca, aunque es una leyenda que suele pasar desapercibida por la gente debido a que no tuvo una gran influencia en el resto de sus grandes hazañas.

Se encontraban avanzando una vez más rumbo a la ciudad Zarcad, a la que tanto ansiaban llegar, pero por el camino se encontraron con uno de los cambios climáticos comunes en el continente del sur. De pronto el calor que les había agobiado durante todo el viaje se convirtió en un frío terrible y helado, comenzó a nevar y todo se cubrió de hielo y nieve. Convirtiéndolo todo en un hermoso paisaje blanco, digno de ver, aunque para los que avanzaban por él era una tortura debido al intenso frío y la dificultad para avanzar. El mago sacó lentamente una mano que tenía cubierta con la capa e hizo aparecer en ella una bola de fuego que les daba algo de calor y derretía el camino por el que avanzaban, haciéndolo todo más agradable.

Aún así no era suficiente.

No tenían previsto esos cambios y la ropa que llevaban estaba destinada a un clima templado o con un poco de frescor, pero no a esos extremos pues estaban a diez grados bajo cero. La única esperanza que les quedaba era desviar su trayectoria hasta un pueblo cercano al que, aunque estaba a casi un día de distancia, podrían cobijarse. Aceleraron el paso y avanzaron sin pausa, si anochecía posiblemente se convertirían en un montón de hielo a la mañana siguiente. Estuvieron avanzando a paso ligero hasta que por fin llegaron a un poblado, se la llamaba Polnor y estaba formado por unas veinte casas, todas de madera.

Ese lugar era conocido porque siempre tenían un clima invernal, aunque a sólo un par de kilómetros hiciera un calor infernal; por ello, los habitantes estaban bien preparados para el frío intenso que les rodeaba. Las casas se habían construido formando un semicírculo, de modo que el sitio era prácticamente una enorme plaza, y en el medio de esta, captando la atención de todo el mundo, se observaba un inmenso árbol dorado. Sus ramas eran afiladas y de ellas colgaban unas hojas que parecían agujas de colores brillantes. En torno a ese árbol había un grupo de cinco niños jugando alegremente cubiertos con unos espesos abrigos de piel. Un poco más alejados estaban unos cuantos adultos sentados en unos bancos, igualmente cubiertos con abrigos, dejando escasas partes con piel al descubierto. Pero lo que más llamaba la atención era que esas personas no eran sólo humanas, en ese pueblo la gente de razas muy diversas habitaba completamente en armonía y sin ningún problema, incluso había muchos híbridos.

Los portadores de la materia llegaron hasta cerca del árbol, muertos de frío, y comenzaron a notar una sensación de calidez, no física como alguien que lleva un abrigo, sino como si en el interior de cada uno se encendiera una pequeña llama. No era suficiente para sentirse completamente satisfechos, pero si para estar un poco mejor.

- Mirad. ¡Os dije que llegaría!- Se escuchó la voz de un niño a lo lejos. Todo el mundo miró en diversas direcciones hasta que pudieron ver que en la copa del árbol estaba un híbrido entre un minotauro y un mesmeriano, era muy similar a un mesmeriano, pero en su cabeza sobresalían unos pequeños cuernos que aún estaban en fase de desarrollo. El niño saltaba alegre manifestando su victoria.

En ese momento la rama en la que estaba apoyado quebró.

- ¡Luitán!- Gritó Romneo con firmeza y su compañero asintió.

El niño empezó a caer desde lo más alto de ese árbol ante la mirada aterrada de los observadores, pero cuando estaba a media altura una ráfaga azul hizo desaparecer al niño y unos segundos después estaba en el suelo sujeto por el necromeriano. La cara del chico estaba pálida y miró con sorpresa a sus salvadores. Observó un momento a su alrededor para ver a los siete, pese a que el que había hecho todo había sido Luitán. Se puso en pie y les miró más lentamente.

- ¿Estás bien chico?- Preguntaba el ladrón después de que el niño volviera en si.- No hace falta que me des las gracias ni…

- Así que unos ángeles me han salvado.- El niño se había olvidado completamente de los hombres del grupo y estaba observando a las tres chicas como si fueran las únicas que habían hecho algo. Luitán apretó los puños.

- Oye, que… he sido…

- Muchísimas gracias.- El muchacho hizo una reverencia ante ellas.- Podéis venir las tres a comer y dormir a mi casa si queréis.- Puede que el mérito no hubiera sido de ellas, pero que las halagaran así no les desagradaba y no podían llevarle la contraria a un pequeño. Además, tenían hambre.

Clouguel y Romneo se lanzaron a agarrar al ladrón que estaba dispuesto a deshacer lo hecho y destrozar al chico por su actitud. En ese momento un enorme minotauro, con una tupida barba y el vientre bien desarrollado, corrió hacia ellos.

- ¡Clinsey!- Gritó y abrazó al pequeño con lágrimas en los ojos. Después se giró decidido y se puso de rodillas ante el grupo.- ¡Muchísimas gracias! Si le pasara algo a mi pequeño no se qué sería de mí.

- De nada hombre.- Contestó Luitán más tranquilizado y sonriendo.

- El cielo ha mandado a unos hermosos ángeles protectores para que mi hijo no le pase nada. Podéis venir las tres a dormir y comer en mi casa si queréis.- La cara del ladrón se empezó a volver de un tono grisáceo por la respuesta y su rostro se distorsionó.

- Je. Parece que ya sabemos de quién lo aprendió el chico.- Comentó Romneo intentando quitarle hierro al asunto, pero sus ojos se expandieron cuando al girarse vio cómo el mercenario agarraba a Luitán, completamente enfurecido, con las armas desenvainadas y con aura de destrucción a su alrededor.- ¿Vas a rebasar el límite de los mortales otra vez?- Preguntó con terror.

Por suerte para todos, el intenso frío que sentían pudo tranquilizar al necromeriano y además, tras hablar un poco con el padre de la criatura, consiguieron que les dejaran descansar en la casa, además les consiguieron unas ropas más cálidas. Pese al inicio tan extraño que habían tenido acabaron llevándose bien con esa peculiar familia.

- Hace mucho que no veía a un necromeriano, de hecho no he visto ningún mesmeriano desde que la madre de Clinsey se fue.- Comentó el padre mirando a Luitán.

- ¿Qué le pasó?- Preguntó Areis apenada.

- Es complicado de decir.- Dijo el hombre inclinando la cabeza.- No podía soportar que yo, como soy un minotauro, sea un semental.

- Te mereces una paliza.- Contestó Airine con crueldad. Un enorme silencio invadió la mesa donde estaban comiendo todos.

Y el silencio empezó a volverse demasiado intenso.

- ¿Os quedaréis al festival del nacimiento estelar?- Preguntó el padre intentando cambiar de tema cuanto antes.

- Oh, Jonta siempre hablaba de ese festival. En su casa lo habían celebrado cuando era muy pequeño y a él le gustaba celebrarlo con nosotros.- Comentó el mago recordando con nostalgia.- Pero es verdad, donde surgió era aquí.

- ¿En qué consiste?- Preguntó Deine con curiosidad.

- Una vez al año, el árbol dorado da su fruto, y tiene la forma de una estrella enorme. Se realiza un sorteo y a cada persona le toca un ser querido al que tienen que hacer un regalo, luego todos se reúnen bajo el árbol y se lo entregan unos a otros.- Al niño se le iluminó la cara.- Nosotros ya hemos hecho el sorteo con nuestra familia, pero podríais hacerlo entre vosotros.- Afirmó sonriendo.

Se miraron unos a otros durante unos segundos, pensándoselo, pero muchos ya habían decidido, sólo había que ver las caras de Luitán y Areis para darse cuenta de ello. Definitivamente todos asintieron y comenzó el sorteo.

La mayoría tenía muy claro que si les tocaba regalarle algo al ladrón sería muy sencillo, pues cualquier cosa era capaz de hacerle terriblemente feliz, pero también sabían que quien recibiera un regalo de este se llevaría una buena sorpresa. Para sortear se depositaron todos los nombres en un sombrero y sacaron uno cada uno, sin decir a nadie cual. La última fue la princesa, no tuvo opción de elegir pero extrajo el último papel y al mirarlo lo rompió para que nadie supiera cuál era. “Me pregunto quién me regalará a mí” pensaba mientras miraba de un lado para otro esperando ver alguna reacción, pero todos guardaban el secreto con la mayor cautela posible, aunque una cosa tuvo clara, el necromeriano la miraba con una sonrisa muy sospechosa que era incapaz de reprimir. La chica soltó un suspiro y se puso de pie. Ese día no se verían entre ellos y lo pasarían buscando o creando los regalos que les harían a los demás.

Se volvieron a juntar cuando ya estaba bien entrada la noche, debían descansar, aunque algunos estaban muy ilusionados con el día siguiente.

- Espero que no intenten robar la estrella como el año pasado.- Comentó con tristeza el minotauro una vez su hijo se había dormido.- Sería un palo demasiado grande para ellos.

- ¿Qué?- Preguntó Clouguel sorprendido.

- La ambición es demasiado grande para algunas personas, y una estrella brillante de un tamaño así puede ser muy valiosa, así que roban la semilla antes de que se expanda y luego la preparan para comerciar con ella.- Explicaba cada vez con más tristeza.- El año pasado vinieron el mismo día de la celebración y pudimos echarles antes de que la robaran, pero prometieron que volverían esta noche para que nadie pudiera impedirlo. La gente tiene que dormir o mañana no lo disfrutaran.

- Tranquilos, dudo que se atrevan a venir, si se la llevan los buscaremos y les traeremos de vuelta.- Aseguró Areis transmitiendo una gran confianza al inmenso macho.

Después de conversar algo más se fueron marchando uno a uno a descansar para poder estar al cien por cien la mañana siguiente. Pero en mitad de la noche ocurrió lo que no querían.

Unos sonidos de pasos en la nieve se acercaron lentamente al árbol. Después los acompañaron los torpes pasos entre las ramas para alcanzar la cima donde ya se observaba la semilla donde brotaría la estrella. Eran tres ladrones, personas de pequeña estatura. Pero para su desgracia había un pequeño fallo en su plan.

- ¿No sois un poco pequeños para andaros con tantas tonterías?- Dijo una voz desde abajo junto a una casa.

Los tres hombrecillos miraron quién era su acompañante, esperando ver tras él a una horda de gente del pueblo. Sin embargo sólo estaba un joven chico de pelo largo cubierto hasta arriba de abrigo para no morir congelado. Estaba sentado en un banco con un pequeño fuego al lado.

- ¿Y tú no eres muy joven para estar despierto a estas horas?- Preguntó el que estaba más arriba.

- Por desgracia para vosotros.- Empezó a decir mientras se levantaba y el fuego se apagaba dejando únicamente la luz del árbol.- Yo nunca duermo.

Los hombrecillos se miraron entre ellos y comenzaron a reír a carcajadas. Él era solamente un hombre, uno que además daban por hecho que estaría destrozado por el sueño y además en lo que él subiera a cogerlos, ellos ya habrían bajado. Eran enanos de las nieves, los seres más codiciosos de todo el continente del sur, pero sobretodo eran famosos por su velocidad escavando y descendiendo. Podrían tirarse del árbol y escavar un túnel en un par de minutos, mientras que un humano tardaría bastante más en alcanzar la cima de ese gran árbol.

- Bueno, la gente necesita descansar y no quiero que os vean aquí, así que acabaré pronto.- El joven mago movió la mano derecha hacia atrás con fuerza y empezó a concentrarse.- ¡Fuego incrementado!- La enorme bola de fuego explosiva salió volando hacia los enanos lanzándoles por los aires con sus traseros ardiendo.

Unos segundos después explotó, cuando ya no estaba golpeando a los enanos y estos estaban en el suelo llorando a la vez que huían. Pero la explosión hizo que un montón de llamas cayeran, alguna encima del árbol. La cara de Romneo al ver eso fue de terror. Las afiladas hojas estaban ardiendo en llamas de diversos colores. Pero la sorpresa fue aún mayor para él cuando se fijó bien, esbozó una sonrisa y volvió a entrar en la casa.

Las hojas no se apagaban, pero tampoco se quemaba el árbol. Al despertar por la mañana la gente vio su árbol lleno de luces. Era absolutamente increíble y todos estaban muy impresionados, nadie sabía qué había ocurrido. Todo el mundo salió de sus casas, el frío no podía llegar a ellos, por alguna extraña razón el calor interior era suficiente como para sentirse cómodos pese a la baja temperatura. La gente rodeó el árbol, en el pueblo habitarían unas ochenta personas, más los portadores de la materia, y todos estaban observando con impaciencia la copa. Pasaron unos minutos, los niños eran incapaces de estarse quietos, querían ya dar y recibir regalos, pero la tradición decía que hasta que no saliera el fruto, no podían hacerlo.

Entonces ocurrió.

En la copa empezó a surgir una estrella dorada y brillante. En unos segundos ya estaba reinando la copa y transmitiendo más calor aún del habitual. Estando ahí, la impresión que tenías era que todo el mundo estaba en calma, no existía ningún mal, y te entraban ganas de ser mejor con los demás.

- Es muy hermoso, nunca había visto nada igual. Pero, ¿qué habrá pasado a las hojas? Parece que no fueran a apagarse nunca.- Afirmó Areis muy ilusionada mientras sacaba una bolsa donde guardaba su regalo.

- Este árbol es mágico así que supongo que dará calor y además podrá contenerlo. Es muy posible que nunca se apague.- Aseguró Airine.

- Bueno, así nadie subirá a por la estrella… ¿verdad?- Preguntó el mago buscando una escusa por el “incendio” que había preparado sin que nadie lo supiera.

- Pero es muy peligroso.- Empezó a decir Vonner muy seria y el dragón rojo empezó a empalidecer.- La persona que lo hizo tuvo suerte, pero también podría haber incendiado el árbol que tanto ama esta gente, o incluso el pueblo entero.

- Bueno. ¡Olvidémonos de eso! Toma Luitán.- Cambió de tema rápido antes de que alguien pudiera descubrirle y sacó de una bolsa una caja pequeña, de unos cincuenta centímetros, envuelta en un papel azul.

El ladrón miró a su compañero con sorpresa al descubrir que él sería quien le hacía el regalo. Moviendo las manos a una velocidad increíble, incluso para él, quitó el papel sin romperlo ni un poco. Abrió la caja y sus ojos se inundaron en lágrimas. Miró a sus amigos con una expresión de felicidad absoluta y de la caja sacó su regalo. Un barco volador en miniatura, hecho de piedra y pintado de los mismos colores que el suyo propio.

El joven necromeriano intentó hablar pero las palabras se le habían ido por completo. Esperaron unos momentos a que se relajara y sacó de una mochilita un paquete.

- Toma Vonner. Espero que te guste, me pareció lo mejor.- Comentó acercando el paquete a la princesa, que le miró con pánico. Estaba acostumbrada a los regalos que le hacían en palacio y pocas cosas podían ser como aquellos.

- Muchas gracias…- Abrió el paquete arrancando el papel y su rostro se distorsionó al ver un espejo redondo de bolsillo.- Un… ¿Espejo?

- Claro, eres una princesa, y a las princesas os encanta ver lo guapas que sois de manera constante, así que como llevamos mucho tiempo viajando sin que hubiera uno a mano quise conseguirte este. Para que te puedas comportar como una princesa.- El ladrón sonreía orgulloso de sus pensamientos mientras la princesa fingía una alegría. Acto seguido miró mal a Romneo, estaba claro que los comentarios del mago acerca del egocentrismo de la princesa habían calado hondo en Luitán.

- En fin, toma dragoncito.- Dijo Vonner lanzándole una bolsita.

El chico sorprendido la cogió en el aire y extrajo de ella unos guantes negros de una textura muy extraña por fuera pero muy cómodos por dentro. Se los puso y se sintió muy bien con ellos.

- Si sigues haciendo magias tan poderosas con guantes normales o al descubierto acabaras destrozándotelo todo. Estos son especiales para que puedas hacer magia con ellos.- Afirmó Vonner.- Pensé que serían útiles cuando los vi.- Restaba importancia, pero el mago era muy consciente de que algo como eso no se encontraba con facilidad en esos sitios, la princesa los había hecho para él.

- Muchas gracias.- Afirmó sonriendo sin dejar de mirarlos. Ella se sonrojó un poco pero después agitó la mano para que dejara de decirle esas cosas.

Airine dio un paso al frente y se señaló.

- Ahora voy a dar yo mi regalo.- Sacó una caja enorme, llegaba hasta la rodilla de la chica.- Es para ti Clouguel.

El mercenario se acercó, desconfiando al ver la extraña sonrisa de la chica. Lo abrió con precaución. Lo observó por todos lados y definitivamente se giró hacia la chica.

- ¿Qué es esto?
- Un pedestal.- Confirmó entre carcajadas.- Para que puedas subirte cuando quieras literalmente y no sólo de forma metafórica.- El mercenario la miró con muy mala cara y entonces dejó de reírse.- Es broma, tiene trampilla, ábrela.

De dentro del pedestal sacó una botellita con un antioxidante para armas pesadas y junto a ella había todo un kit de mantenimiento.

- Esto es genial, mi zamba necesita muchos cuidados para que no pueda volver a partirse.- Acto seguido se olvidó de todos los demás y empezó a “reparar” su espada sin dejar de sonreír.

El resto se le quedó mirando esperando a que se le pasara. Entonces se dio cuenta de dónde estaba y se puso de pie. Sacó una bolsa y se la entregó a Areis.

- Muchas gracias.- Sacó de la bolsa un librito.- Ala, increíble, es el libro de artes marciales de Zaraki, el gran creador de varios estilos. Pensaba que era imposible conseguirlo. Por un momento pensaba que me ibas a regalar ropa interior o algo así.

- Claro que no, vi esto y tuve muy claro que sería mi regalo.- Afirmó el mercenario alegrándose de no haber escogido su primera opción como regalo. Y no podía decirlo ahora que la chica estaba tan feliz.

- No puedo esperar más.- La chica extendió la mano entregando un paquete a Deine. Él lo recibió con una gran alegría, no le habría gustado que le tocara alguna de esas personas a las que decía considerar bandidos. Lo abrió con ansia y en su interior había unos guanteletes muy buenos.

El general se los puso sin decir nada, eran muy cálidos por dentro y se amoldaban perfectamente como si fueran unos guantes, pero duros como no había visto antes.

- Muchísimas gracias señorita Areis.- Dijo de corazón, aunque ella le miró mal por lo de señorita.- Ahora creo que el mío es el último- Sacó una cajita del tamaño de la palma de su mano.- Tenga señorita Airine.- Cogió la caja y vio en su interior una pequeña joya adornando un coletero.- Cuando salta tan alto el pelo se le mueve mucho por todos lados, así que creí que sería conveniente que tuviera algo para sujetárselo y al caer al suelo no cegarse.

- Gran idea, general.- Comentó poniéndose “muy seria” intentando imitarle en tono de burla.

Todos los regalos habían sido entregados y, aunque alguno había agradado más que otro, estaban contentos con el resultado. Empezaron a celebrar un gran festival con toda la gente del lugar. Empezaron a bailar, a comer, a reír… todos juntos. En ese momento Romneo se quedó parado unos momentos. “¿Cómo les irá?” se preguntaba con nostalgia, recordando todas las veces que había celebrado ese festival.

Mientras tanto, en otro lugar de ese mismo continente, en una llanura desértica, se escuchaba un gran alboroto ocasionado por tres personas.

- ¡Jonta!- Decía una chica sujetando una bolsa con fuerza.- ¡Me puedes explicar qué es esto!

- Pensé que te gustaría.- Contestaba desde una distancia prudencial y poniéndose tras otra chica intentando ocultarse.- A ver Sakiu, como te sentó tan mal que le diera uno a Romneo pues, supuse que echarías en falta ese sujetador. Por eso te conseguí otro. ¡Prande ayúdame!

La otra chica le miraba de reojo, dándole a entender que no tenía intención de hacer nada por ayudarle.

- ¡Hay veces que te mataría! Esto es algo muy personal.- Aseguraba intentando relajarse.- Puede que ni siquiera sea de mi talla.

- ¿Es por eso? Tranquila, lo comparé con otros tuyos y es igual- “Tranquilizó” inocentemente. Su compañera sonrió intentando disimular su ira.

- Claro, en ese caso…- Sakiu volvió a poner su cara de mal humor. La chica era muy buena siendo una amiga, pero no era bueno hacerla enfadar.- ¡Tormenta eléctrica!

- ¡Espera! ¿Por qué?- Gritó Jonta mientras corría. Sería uno de los magos más poderosos de Intelon, pero contra una amiga era incapaz de hacer algo.

La zona empezó a estallar cuando cientos de rayos fueron impactando tras el mago uno tras otro, destrozando la tierra.

“A mí aun no me han dado mi regalo.” Pensaba Prande intentando no interrumpir ese momento con su intervención.

De vuelta en el poblado Polnor, la fiesta se estaba tranquilizando poco a poco y llegaba la tarde. Todos se estaban sentando en los bancos o sacaban sillas de las casas.

- Yo me pregunto: ¿Por qué se celebra el nacimiento de una fruta en forma de estrella esta forma?- Preguntaba la princesa mirando sin cesar a la estrella.

- Veras, según me contó Jonta, la historia es así. Hace décadas el rey de…- El mago se paró un segundo mirando a Vonner y rectificó antes de poder ofenderla.- un reino desconocido, era famoso por su crueldad y avaricia. Todos sus ciudadanos tenían la obligación de darle el cincuenta por ciento de sus bienes sólo por vivir ahí. Sin embargo un año vino a este sitio, el día en que nacía la estrella, porque quería ver si era tan impresionante como decían. La magia del árbol hizo un efecto impresionante en él.- Todos escuchaban la historia muy intrigados, incluso algunos niños se acercaron para oírla, pues no lo sabían.- El calor que surgió en su interior le hizo ser tan generoso que según volvía para su palacio le entregó la mitad de lo que llevaba encima a una persona menos afortunada que pasó por su camino. Desde entonces, todos los años venía a ver el árbol y a la primera persona desafortunada que veía le entregaba una cantidad generosa de bienes. En su honor se hace el sorteo, y le haces un regalo a un ser querido que representa a esa persona al azar que se encontraba el rey.

- Vaya.- Suspiró Vonner sorprendida. El mago sonrió y dirigió una mirada al cielo.

- En un lenguaje antiguo, el día del nacimiento estelar, se llamaba nativios vícilir daday.- La mirada de Romneo se fijó en el suelo recordando.- Para los niños eso era muy complicado, y es para ellos para los que es más importante, por lo tanto se abrevió cogiendo parte de cada palabra. ¡Feliz navidad!

Sonrieron y se miraron unos a otros.

- ¡Feliz navidad a todos!- Gritaron al unísono con una gran felicidad.

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